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Tlatelolco

Fotografías y texto publicadas en la Revista 192

¨si
una nación entera se avergüenza
es león que se agazapa
para saltar.
(Los empleados
municipales lavan la sangre
en la Plaza de los Sacrificios)

Mira ahora,
manchada
antes de haber dicho algo
que valga la pena,

la limpidez¨

Octavio Paz


Primer dato histórico:  La Ciudad original de Tlatelolco fue fundada en el año 1 de Calli, en el año 1337 de nuestro calendario, por un grupo de mexicas disidentes que acordaron separarse de los fundadores de Tenochtitlan. Decidieron nombrarse a sí mismos Tlaltelolcas en honor a su ciudad.  

Los fundadores rebeldes de aquella primera ciudad levantaron una altísima pirámide en nombre de Tezcatlipoca y Huitzilopochtli. El primero de éstos dos simboliza al Dios Jaguar de los Aztecas, el segundo, al Dios Águila.  En el terreno previo a la urbanización de la ciudad nunca vivieron jaguares, pero si que fue sobrevolado por un sinnúmero de águilas.

Existen algunos habitantes que pueden afirmar, poniendo en riesgo su propia palabra,  que en más de una ocasión, han encontrado un águila descansando sobre el marco de alguna ventana de su casa. Comentan, casualmente, que es una especie tímida al contacto humano.  Por otro lado, no existe ningún vecino que afirme haber visto jaguares.

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Cuauhtémoc, uno de los grandes héroes, después convertido en traidor de aquello que comúnmente llamamos ¨patria¨, es el personaje más importante que haya nacido en Tlatelolco.  Su buena fama terminó el día que entregó, a sus torturadores españoles, el secreto de cómo vencer, de una vez por todas, al imperio Mexica. La leyenda cuenta que atado de cuerpo completo a una gran piedra, le quemaron las plantas de los pies durante días hasta que, yaciendo inconsciente, reveló el contundente secreto.  Existe una segunda versión que cuenta que a Cuauhtémoc, nunca lo torturaron (a aquellos que se atreven a pronunciar ésta versión se les tacha inmediatamente de traidores).

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Segundo dato histórico: el 13 de Agosto del año de 1521, la ciudad de Tlatelolco fue sometida por los invasores españoles. En aquella fecha, la ciudad ya no pertenecía a los Tlatelolcas, sino que había sido sometida, a su vez, por el imperio Mexica.

La ciudad fue devastada, la pirámide del Dios Jaguar y Dios Águila fue destruida, y sobre sus escombros se levantó una iglesia: La Iglesia de Santiago.  Dicen que los nuevos imperios destruyen  los monumentos y deidades de la civilización anterior en un esfuerzo por borrar su historia. La iglesia de Santiago hoy en día sufre de fuertes problemas estructurales. Parece, inclusive, que lentamente se está derrumbando. Algunos habitantes de la Plaza de las Tres Culturas opinan que 
todo se debe al derramamiento de sangre, y que aún, en Tlatelolco, queda más sangre por fluir. 



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A principios de la primera década del siglo XX, en uno más de los auges televisivos del país, antenas parabólicas comenzaron a poblar y extenderse a lo largo de las paredes laterales de los edificios tipo C. Más adelante, los aparatos comenzaron a aparecer pegadas a las ventanas de los edificios (cuestión de seguridad, parece ser). El brote parasitario de aquellos aparatos electrónicos se esparció velozmente en cuestión de meses, cargando consigo, además, una segunda lectura de estatus público para los dueños. No faltaron vecinos molestos que, a lo largo de los primeros meses, encabezaron una demanda en contra de los hongos rémora que rápidamente se multiplicaron sobre los muros agrietados del edificio. Sin embargo, la discusión por la presencia estética de los edificio no convocó los suficientes seguidores lo suficientemente rápido, y el tema pasó al olvido.

Los habitantes de las torres circundantes, así como los paseantes nocturnos que cruzaron la fachada de los edificios, juran que más de una decena de familias pasó aquellos primeros años durmiendo con el televisor encendido (en mi opinión, sería difícil comprobar que los vecinos, de hecho, dormían). Hay otros que recuerdan lo bonito que lucía aquel espectáculo de luces de colores centelleando en los departamentos de esos 20 enormes pisos del edificio.

Hoy en día, muchas de aquellas antenas ya no funcionan. No se sabe bien si los dueños han olvidado quitarlas, si las admiten ya como decoración del edificio, o si esperan algún día arreglarlas.  


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En alguna de las muchas oficinas empolvadas con documentos oficiales empolvados de la gran urbe de la Ciudad de México, existe, olvidado, un reglamento para los condóminos de los diferentes edificios del conjunto Nonoalco-Tlatelolco. En dicho testamento se encuentran delineadas, una por una, las diferentes reglas a ser acatadas como propietario o renta-habiente de alguno de los múltiples condominios del edificio. El reglamento prohíbe el uso de cortinas de colores distintos al blanco o beige en las ventanas con vista al exterior del edificio. Ésta, como muchas otras reglas del conjunto, no han sido acatadas. No existe ningún lineamiento que mencione antenas parabólicas.   

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Al presidente de México Adolfo López Mateos poco le importaban los jaguares o las águilas, y mucho menos el encuentro simbólico de las dos culturas del México antiguo en la zona de Tlatelolco. Su mirada, más bien, se dirigía hacia el amanecer modernista y progresista de la Ciudad de México, hacia el desarrollo de un plan de regeneración urbana total de la ciudad. La utopía modernista latinoamericana, que había llegado en años anteriores al sur del continente, viviría su esplendor en la capital mexicana.

El conjunto de vivienda urbano Nonoalco-Tlatelolco albergaría a más de 90,000 habitantes en un superficie total de más de un millón de metros cuadrados. Sería el desarrollo de departamentos más grande de México y el segundo más grande del continente americano. Las necesidades de todos los grupos sociales de la ciudad estarían cubiertos al existir viviendas que se pudieran ajustar a los diferentes ingresos de las familias mexicanas. Para esto, se plantearon tres tipos de vivienda, los edificios tipo A para las familias que subsistían con un salario mínimo, los edificios tipo B de una superficie mayor y mejores materiales, y los tipo C considerados de lujo.



Además, el conjunto urbano sería completamente autosuficiente, contando con no solamente escuela primara, sino también secundaria, jardines para niños, guarderías, zonas de encuentro, un centro comercial, gimnasio, cine y también un teatro.

El 21 de noviembre de 1964, quince años después del inicio de su planeación,  el conjunto urbano Nonoalco Tlatelolco fue inaugurado, con gran aplomo, por el arquitecto Mario Pani, responsable del proyecto.

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A  poco menos de cuatro años de haber inaugurado los edificios del conjunto, un movimiento estudiantil arribó a la plaza de las tres culturas como parte de una movilización pacífica en contra del gobierno del entonces presidente de México Gustavo Díaz Ordaz.  La reunión pacífica culminó en una balacera por parte de un grupo de policías especiales que disparó, hirió y mató a por lo menos 300 estudiantes (los números oficiales admitieron la muerte de 20). Además de los estudiantes fallecidos, 700 más fueron heridos y por lo menos 5,000 detenidos.

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En el espacio microscópico que conecta las cuatro sílabas que componen la palabra náhuatl de Tlatelolco se encierra la memoria de aquel segundo día de un mes de Octubre en el que quedó expuesta una de las capas más profundas y terribles de la naturaleza humana (una más cercana al instinto del animal y más lejana de aquello llamado ¨razón¨ que tendría que ser la primera distinción en nuestra definición de humanos): la planeación previa de un ataque contundente hacia tu propia raza.

Durante los últimos 45 años, el eco incansable del ¨… no se olvida¨  ha seguido acompañando el aniversario de aquella fecha fatídica y recordando ésta mancha imborrable en la historia de nuestro país.  Esperemos que el eco así continúe.